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Polvazo con el chico del súper

Aris Dark El junio - 23 - 2010

El Confidente

La verdad es que lo más cómodo de comprar en ese supermercado era la rapidez con la que traían el pedido al domicilio y la diferencia enorme de precios con los demás de la zona. Ese sábado fui a primera hora a comprar las cosas necesarias para la semana y de ahí me fui corriendo a casa a esperar todo, sabiendo que llegarían enseguida.

A los veinte minutos de llegar a mi casa sonó el timbre y era el repartidor. Me dio algo de pena la cantidad de cosas que traía, la cantidad de canastos que debía cargar y me dispuse a ayudarlo porque me inspiraba ternura su carita y su físico desvalido (parecía que no resistiría el peso de tantos canastos). Mientras descargábamos todo, me comentó que siempre le tocaba esa zona de reparto, que tenía 18 años y que se casaría dentro de un año, que por eso estaba juntando dinero extra y trabajaba en el súper, aunque su vocación real eran los aviones y su sueño pilotarlos algún día. Sinceramente era una criatura muy simpática así que le di una buena propina y nos despedimos hasta la próxima vez, seguros de vernos en el próximo reparto de la semana entrante.

A la semana siguiente fui al súper para hacer la compra semanal y me avisaron que el pedido tardaría una hora en ser entregado porque había poca gente para la distribución en relación con la cantidad que debían llevar. La verdad es que no me preocupó porque eso me daba margen para ducharme antes de que llegaran. Así fue como me dispuse a darme un buen baño de inmersión. Llené la bañera de sales, coloqué un par de velas perfumadas en el baño y música suave llegaba desde mi cuarto. Creo que me relajé tanto que me quedé adormecida en el agua, porque me sobresaltó el timbre de la puerta que sonaba furiosamente. Ahí reaccioné y me di cuenta de que seguramente era el chico de la semana pasada que me traía las cosas del súper. Me envolví en una toalla y así, mojada como estaba, abrí la puerta.

Enrome fue mi sorpresa cuando vi a un chaval que no tenía nada que ver con el de la otra semana, que me traía los canastos repletos de comida, bebida y artículos de limpieza. Cuando comprendí que no era el pequeñito angelical del otro día, también entendí que yo estaba semidesnuda frente a un hombre enorme, de ojos negros, cabello del mismo color completamente rizado y un físico muy atractivo, al que no le costaba en lo más mínimo levantar cada uno de esos canastos. Fue increíble la reacción de mi cuerpo ante su mirada. Los dos nos quedamos parados en el vano de la puerta cuando la abrí, con los ojos clavados en el otro porque ninguno esperaba a la persona que tenía al otro lado. La toalla que tenía cubriéndome el cuerpo parecía invisible ante los ojos de él, porque me sentí desnuda y el frío que me recorrió completa era efecto de esos ojos negros que no se iban de mí. Lo invité a pasar hacia la cocina para poder dejar las cosas y le pregunté por que no había venido el otro chico, a lo que me respondió que estaba destinado a otra zona por ese día solo, porque los pedidos se habían desbordado y tenían que reorganizarlo todo. Mientras decía esto iba dejando suavemente los paquetes sobre la mesa de la cocina y al hacerlo su cuerpo se movía suavemente, tenía un color de piel aceitunado, sus músculos se resaltaban en cada gesto y despedía un olor a desodorante de hombre muy excitante.

La verdad es que yo debería haber ido a colocarme una bata, pero no quería dejar a un desconocido solo en mi casa mientras me cambiaba así que seguí parada allí, esperando a que terminara, pero parecía que el trámite de descarga se haría eterno porque se tomaba todo el tiempo del mundo para sacar las cosas de los cajones y, mientras lo hacía, yo seguía mirándole ese físico privilegiado que tenía. Se le adivinaban brazos duros y torso suave, pero muy firme y la idea de poder tocarlo estaba entibiando mis piernas lentamente. Sin querer se resbaló un bote de crema que, al estrellarse contra el piso, comenzó a derramarse sobre la cerámica así que tomé un trapo y me agaché a limpiarlo. Al hacerlo quedé a su lado, inclinada y a merced de sus ojos, que rápidamente me abarcaron de una sola mirada. Se me erizó la piel al sentir como me recorrían sus ojos azabaches y más aun cuando una de sus manos se extendió para ayudarme y rozó la piel de las mías. Fue en ese preciso instante que se cruzaron nuestras miradas, y en la mía debió leer una señal de asentimiento mezclada con deseo, porque su mano abandonó el lugar de ayuda y comenzó a recorrer una de mis piernas lentamente, acariciando la piel erizada y aun húmeda, subiendo y bajando a lo largo de ella, llegando al borde de la toalla, donde sentía que si seguía me quedaría sin respiración, para volver a bajar hasta mi rodilla.

Así estuvo unos segundos hasta que me tomó de la cintura y me incorporó, con él a mi lado. Fue un momento casi mágico, porque ninguno de los dos hablaba, sólo nos medíamos con la mirada. Cuando me tuvo frente a él, me encerró entre sus brazos, me recorrió el borde de la toalla a la altura de mi pecho con un sólo dedo, sintiendo cómo se calentaba mi piel lentamente. Aspiró mi aroma de sales desde el cabello húmedo hasta mis hombros, llenó de besos y lamidas la piel de mi cuello, los lóbulos de mis orejas y la base de mi garganta, mientras se oían las dos respiraciones agitadas, acompasadas y sus brazos me apretaban más y más contra él. Con ese contacto confirmé la dureza de su físico, su aroma varonil y la dimensión de su excitación. Sus manos acercaban mis nalgas a su entrepierna y las hacía girar en círculos para que yo pudiera sentir su deseo sobre mí, su pasión contenida. Abriendo mis brazos en cruz y en silencio, lo dejé sacarme la toalla lentamente, quedando completamente desnuda frente a sus ojos, lista para que me recorriera completa, con manos y boca.

El deseo de sentir a ese hombre en mí, me estaba llenando por completo, sentía como me había excitado y como estaba comenzando a sentir mi propio aroma subiendo desde mi entrepierna y eso parecía enloquecerlo más, porque cerraba sus ojos y me aspiraba desde su altura, saboreándolos mientras inhalaba profundamente. Su boca descendió por mi cuello hasta mis pechos, los olió, los tomó entre sus manos y después de acariciarlos, los besó enteros y después dejó deslizar su lengua por toda su superficie hasta que se detuvo largamente en cada uno de mis pezones, los mordió suavemente, los estiró, los enloqueció mientras mi respiración parecía cortarse ante cada caricia suya y mis manos no dejaban de acariciar su espalda, de arañarlo lentamente, de querer abarcar cada centímetro de su piel morenísima.

No decíamos palabra, no podíamos pronunciarlas y tampoco era necesario, porque parecía que conocíamos a la perfección el cuerpo y los deseos del otro, llegábamos dónde y cuándo queríamos llegar. Su lengua seguía descendiendo más y más, besó mi vientre entero, dejó que la yema de sus dedos lo recorriera mientras contemplaba cómo se contraía de deseo cada vez que iba a más. Mis piernas estaban levemente abiertas, pero terminaron de darle paso cuando sentí su aliento allí, cuando adiviné que comenzaría una búsqueda más intensa de mi propio placer. Casi sin darme cuenta, me tomó de las axilas y me sentó muy despacio en el borde de la mesa de la cocina, abriendo mis piernas frente a sus ojos, se arrodilló en el suelo y su boca quedó exactamente a la altura de mi vagina, para poder saborearme a gusto. Sus manos recorrieron mis muslos, seguidas de su boca. Su aliento era tibio, cálido, su respiración parecía que llegaba a mis entrañas, mientras sus dedos abrían lentamente los labios de mi vagina, dejándome a su merced.

Con su dedo índice acarició mi interior, recorrió cada pliegue de piel, cada centímetro de carne mientras yo podía sentir cómo se iba mojando poco a poco con mis líquidos, mientras sentía cómo mi vagina comenzaba a latir de deseo, a querer su boca dentro para que me besara, para que me conociera más y más. No tardó en adivinar qué era lo que quería e introdujo la punta de su lengua entre mis piernas. Con mis labios cerrados, pero muy húmedos, podía sentir cómo su áspera lengua me recorría, cómo besaba y cómo se abría camino dentro hasta llegar a mi clítoris. Dejaba vagar sus dedos mientras su lengua me lamía completa y aceleraba el ritmo ante cada suspiro mío, me penetraba con ella, excitaba mi agujerito con su dedo, lo introducía en mí para empaparlo y después sacarlo para poder saborearlo en su boca.

Dejaba que sus dedos vagaran entre mi vagina y mi ano, sentía el calor de ambos lados con sus palmas. Su lengua iba y venía, dibujaba canales de saliva entre los dos lugares y seguía penetrándome, mientras yo sentía que me desmayaba de placer cada vez que lo sentía dentro de mí y no podía evitar que mis caderas se movieran a su ritmo, que mis manos empujaran su cabeza más y más hacia mí, como si quisiera meterlo completamente dentro.

Era maravilloso sentir sus mordisquitos en mi clítoris, oler mi propia excitación dulce y abundante. Ese hombre me estaba llevando mucho más lejos de lo imaginado y no quería que eso terminara. Cuando sentía que podía acabar con su boca dentro de mí, lo alejé para poder saborearlo a él. Me deslicé desde al borde de la mesa hasta su entrepierna y coloqué mis mejillas a la altura del cierre de su pantalón, dejando que vagaran por encima de la tela, dejando que mi aliento lo calentara, mientras escuchaba sus gemidos casi imperceptibles de placer, emanando de esa boca maravillosa, que aún conservaba restos de mis líquidos y que él lamía con su lengua.

Mis manos siguieron acariciando la zona sin sacarle los pantalones, palpando su dureza, subiendo por su vientre, bajo su camisa, percibiendo los músculos tensionados y sus pezones muy erectos. Al bajar mis manos por su pecho, dejaba que mis uñas lo arañaran despacito, viendo como eso parecía encenderlo más y más. De un sólo tirón quité sus pantalones y sus boxers, dejando frente a mí su maravilloso y excitado miembro, listo para poder saborearlo. Lo tomé delicadamente entre mis manos, lo acaricié despacito, lo besé y lamí en toda su extensión, sintiendo como palpitaba bajo mi lengua.

Probé su punta tibia y dulce, mis labios se deslizaron sobre ella y dejé que el borde de mis dientes lo rozaran muy despacio, consiguiendo que sus piernas se contrajeran de placer y su boca dejara escapar un gemido ronco al sentir ese roce tan especial en esa zona tan sensible. Sus manos no dejaban de acariciarme la espalda y sus dedos se enterraban en mi cabello mojado profundamente. La piel de su pene era maravillosamente suave y mi boca se deslizaba sobre ella sin problemas, podía colocarlo entero dentro de mi boca y sacarlo lenta y suavemente mientras seguía creciendo. Mientras lo besaba de esa manera mis ojos iban directamente a los de él, que permanecían cerrados solo captando las sensaciones que mis labios le producían. Cada vez que sacaba su pene de mi boca, bajaba hacia sus testículos, sorbiéndolos, lamiéndolos, sintiendo lo calientes que estaban también y lo suave era su piel allí.

Cuando ya tampoco pudo soportar más mis caricias y besos sin correrse, me alejé y así, completamente erecto y listo, volvió a sentarme al borde de la mesada, abrió mis piernas de una sola vez y me penetró de una sola vez. Ante el primer empujón de su pene dentro de mí sentí que me moría, pero cuando comenzó a entrar y salir la sensación fue gloriosa. El roce de la piel de su pene con la de la entrada de mi vagina era realmente excitante, sus ojos clavados en los míos y el silencio de las palabras, sólo ahogado por nuestros gemidos era lo más excitante que podíamos decirnos.

Mientras seguía entrando y saliendo, su boca se encargó de la mía, su lengua buscaba la mía, abrió mi boca y dejó deslizar la punta de su lengua, en círculos, sobre la mía. Su saliva recorrió mis labios, mi paladar, mis mejillas y descendió nuevamente a mis pechos, para poder morderlos cada vez que me penetraba, para poder succionar cada pezón a la vez que seguía metiéndose más y más en mí. Mis piernas se cerraron sobre sus caderas, dejando que su pelvis se soldara a la mía sin rincón alguno por donde pasara ni una brisa de aire. La unión de nuestros cuerpos era total, los músculos de mi vagina lo habían tragado por completo dentro de mí, lo retenían allí y eso hacía que su pene creciera más y más y lo enloqueciera por completo.

Cuando lo dejé libre de aquella prisión, sacó su pene de mi vagina completamente mojado y con sus manos comenzó a mover su punta en círculos, sobre la entrada de mi culo, giró y giró en el borde hasta que encontró la abertura suficiente que necesitaba para poder meterlo primero despacito para luego, de un golpe seco, meterlo allí entero. Permaneció quieto unos instantes para darme tiempo a sentirlo dentro y cuando me miró fijamente, comprendiendo que ya estaba lista, comenzó a moverse, entrando y saliendo, penetrándome con dulzura, pero con una fuerza tremenda mientras sus manos me tomaban de las caderas y mis dedos no dejaban de masajear mi clitoris hinchado y caliente, deseoso de ser tocado hasta acabar.

No sé cuánto duró aquello, sólo recuerdo que cuando ambos estábamos por estallar en un orgasmo increíble, sacó su pene y volvió a colocarlo en mi vagina, volvió a soldar mis caderas a las suyas y un torrente de su semen caliente me invadió, escurriéndose desde dentro hacia afuera, mezclándose con mis líquidos, escapándose por entre mis muslos y dejándonos a los dos completamente exhaustos y sin decir palabra. Nos acariciamos enteros y aún desnudos. De común acuerdo, nos incorporamos y después de vestirse, abrió la puerta y desapareció por el ascensor, dejándome el pedido sobre la mesa y su aroma a desodorante de hombre en cada rincón de mi piel.

Categorias: Relatos eroticos

4 Responses

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    14 septiembre 2010 a las 0:05

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